Desde hace tiempo, al Caribe se le explota en el escenario mundial, y la ley de derechos de autor no es la excepción
Originalmente publicado en Global Voices en Español

Derechos intelectuales como el perseguidor de eff.org. Uso legítimo.
Por Alexis Hancock
“¡Oh! Bob Marley, ¿verdad?”. La cultura jamaicana ha sido popularizada en los medios tradicionales, y como jamaicano-estadounidense, suelo tener un vistazo de cómo otros lo han consumido y desde qué punto de vista. No diría que soy un seguidor ardiente de Marley, pero conozco qué clase de personas son las que probablemente estén más vinculadas a su música fuera de Jamaica. Por ejemplo, un potencial estudiante contracultural de la década de 1970 en la UCLA que encontró conexión con sus mensajes de resistencia.
Mi fascinación personal con la música jamaicana es el “riddim” —la forma de escribir «ritmo» en criollo jamaicano— ritmo o melodía instrumental no hecho para un solo artista, sino para que lo use el colectivo del tiempo, y que disfruten y critiquen los creadores de cultura de arte jamaicano: las masas desfavorecidas.
Como tecnólogo de interés públicos y defensor de derechos digitales, veo el “riddim” con visión de fuente abierta. Ayudó a proteger la cultura jamaicana, sobre todo de constructos occidentales que están profundamente insertos en dinámicas de poder existentes, como rígidas leyes de propiedad intelectual y la mercantilización corporativa de la música.
Riddims
La naturaleza interactiva y colaborativa del dancehall no trata a un trabajo como aislado o como algo “terminado”. La reiteración es una parte del proceso creativo que se decide en la siguiente función o fiesta. En “Ciudadanía grosera”, Larisa Kingston Mann resume cómo se escribió sobre propiedad intelectual en una época en que muchos en la isla eran considerados propiedad bajo esclavitud, lo que crea —desde el inicio— una relación conflictiva con quienes tienen la riqueza de la sociedad. La propiedad intelectual era para quienes tenían amplios recursos para dictar qué se podía proteger y quién se beneficiaría.
El intercambio de ritmos enfrenta directamente la definición individualista y neocolonial de la propiedad intelectual en cuanto a propiedad y originalidad. La propiedad intelectual tradicional promueve el monopolio sobre la expresión, impuesto mediante mecanismos legales severos (como las indemnizaciones por daños y perjuicios establecidas por ley) que hacen que la intertextualidad, la reutilización y la experimentación artística sean riesgosas desde el punto de vista legal. Incluso Sean Paul, uno de los artistas de dancehall más exitosos del mundo, atribuyó el éxito de su tema «Get Busy» en el público general al Diwali Riddim. De no ser por esta creatividad colectiva y este uso compartido, no veríamos cómo la música dancehall evoluciona y se difunde por el mundo como se ha difundido.
El intercambio colectivo no se limitaba solo a la música; a menudo también se aprendía a bailar en grupo. Veía videos de «passa passa» en la secundaria y la universidad, solo para aprender y mantenerme al día con los últimos bailes que surgían en Jamaica y Nueva York a principios de la década de 2000. Estas fiestas eran la pesadilla de quien se tomara en serio la respetabilidad. La ropa era extravagante, los modales «groseros», las reinas del dancehall eran auténticas acróbatas y las fiestas podían durar hasta las seis de la mañana.
Pero también era la época en la que los artistas nuevos podían conseguir un espacio, los vendedores podían ganar algo de dinero y los productores podían colaborar con los artistas y obtener el consenso del público sobre lo que funcionaba antes de invertir dinero en un estudio.
Economía caribeña

Biblioteca del Congreso – granja de plátanos en Jamaica. Uso legítimo.
Desde hace tiempo, el Caribe ha sido explotado en la escena mundial de muchas maneras, y la ley de propiedad intelectual no es excepción.
A Jamaica se le suele hacer a un lado en acuerdos comerciales internacionales menos que favorables que no consideraban los intereses de las masas jamaicanas. Con mucha frecuencia, había una estricta estructura única, dictada por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial: estructuras de préstamos perjudiciales, acuerdos comerciales unilaterales, devaluación monetaria y pautas laborales explotadoras.
En 1992, el FMI creó términos que impactaron profundamente la economía de Jamaica. Esto sirvió como trasfondo para la ley de propiedad intelectual de Jamaica de 1993, cuando el país reformuló sus leyes para participar en el comercio global. Términos más rígidos obligaron a los artistas a empezar a registrar “riddims”, y aunque esas leyes estaban dirigidas a proteger a los artistas, artistas con menos recursos e independientes tenían dificultades para hacer reclamos contra grandes productores. Esto también mató a los “acuerdos verbales” que muchos artistas y productores hacían antes de 1993.
Dancehall moderno y más

Volante de fiesta de dancehall. Foto cortesía de OpenVerse. Dominio público.
Esto no ha impedido a los creadores del dancehall que organizaran circuitos alternativos de comercio y actuación, intimidad social y participación comunitaria. Incluso hoy, la naturaleza continua de las obras de dancehall aún causa fricción cómo funciona la propiedad intelectual.
En 2026, un caso monumental de propiedad intelectual fue anulado por un juez federal estadounidense que nombró a muchos artistas famosos en una lista de 150, y afectó a unas 2000 canciones. Los demandantes, Cleveland “Clevie” Browne y los herederos de Wycliffe “Steely” Johnson, alegaron que el riddim Fish Market (también conocido como el riddim Pocoman Jam) fue la base y fuente del patrón de percusión que recorre el reggaetón, el ahora billonario género musical con orígenes en el reggae español de Panamá que llevaron los migrantes afrojamaicanos, y luego ampliado por artistas puertorriqueños.
Si embargo, la lógica fue negada. Como dijo el juez de distrito estadounidense André Birotte Jr., “Los demandantes no han identificado claramente qué trabajo de propiedad intelectual contiene la supuestamente selección a proteger y el arreglo que buscan aplicar».
La demanda no logró tomar todas las selecciones y arreglos mencionados y vincularlos a una sola obra. Más bien, hizo referencia a una colección de obras que reflejaban partes a lo largo del tiempo: «Ese principio es especialmente significativo en este caso». Skidmore advirtió que un demandante no puede “reconstituir la obra de propiedad intelectual como una combinación de elementos no protegibles” y luego alegar que esos elementos son sustancialmente similares porque aparecen en una obra acusada, incluso cuando los elementos se presentan en “un contexto estético diferente”.
En este caso, la naturaleza de los riddims es un arma de doble filo. A Browne y Johnson se les privó de la oportunidad de participar en las ganancias derivadas de su creatividad, que sentó las bases para un género musical completamente nuevo. Si este juicio hubiera salido a su favor, esa lógica podría haber obligado a cualquier nuevo artista de reggaetón a cumplir con ese parámetro de participación en las ganancias, lo que posiblemente habría dado lugar a condiciones que solo artistas con buen respaldo financiero, como Bad Bunny, podrían cumplir. Ese resultado podría haber creado una dinámica desfavorable para los nuevos artistas. Una estructura de poder contra la que los riddims lucharon desde un principio.
Podemos escuchar fácilmente la percusión principal del puertorriqueño y el dembow dominicano, pero los oídos de la propiedad intelectual están sesgados selectivamente contra el ritmo, por lo general prefiere el dinero, el deseo de la artista de dar crédito donde es debido, y cuando las canciones se crearon en la carrera del artista más popular. Es más, a los artistas negros a menudo se les da crédito mucho después por una obra que define el género y después de que artistas de piel más clara hayan ganado su dinero.
A pesar de que la corriente dominante se aleja de los procesos colectivos, el dancehall sigue evolucionando. Lo que “hace que los jamaicanos sean geniales” son las capas de significado que surgen de lo que difundimos. La propiedad intelectual deja una huella en el tiempo: un fragmento de lo “genial” que la corriente dominante logra congelar y vender. Sin embargo, lo verdaderamente genial se desarrolla junto con lo colectivo y permanece protegido por ese significado compartido.






